La temática del voyeurismo siempre ha generado revuelo en el mundo cinematográfico. Y en el caso de “14 Cameras” no es la excepción. En su nota para La Nación, Nicolás Artusi usa esta película para analizar un tema que siempre caló hondo en el público.

“¿Cómo valorarías tu experiencia? Con el sistema de puntaje robado a los críticos de cine, nuestras actividades están perpetuamente calificadas entre malas y excelentes: de una a cinco estrellitas. «Parece buena gente», dice la madre de familia cuando mira el retrato de la dueña de casa en un sitio tipo Airbnb (el perfil es falso, pero las redes sociales nos vuelven crédulos). Y allá van madre y padre con tres adolescentes, a pasar una semana de vacaciones en un caserón con pileta pero sin cable ni wifi. «No es que ese lugar vaya a matarte», responde la madre a las quejas de la hija (esa mujer es infalible en el error: pifia en todos sus pronósticos). Enterados del fisgoneo, los huéspedes temerán por lo que pueda haberse filtrado de ellos y entonces se adivina que el descanso idílico mutará en experiencia de terror. En hora y media, 14 cameras exprime el subgénero del gore tecnológico o del psicópata con módem, como si Norman Bates hubiera tenido wifi. La tecnología (su acceso o su negación) es más inquietante que un loco con un cuchillo. «¡El Uber más cercano está a 45 minutos!», se desespera la hija ante la dificultad del escape.

«Un voyeur está motivado por la expectativa», escribió el veterano periodista Gay Talese en su libro El motel del voyeur, donde documenta la historia verídica de un hombre que compró un hotel para instalar una plataforma de observación a través de la que espiaba a sus clientes: «En silencio invierte infinitas horas con la esperanza de ver lo que espera ver». ¿Acaso no es esa la lógica que manda en las redes sociales, los reality shows o el circuito cerrado que muestra lo que registran las camaritas de seguridad del edificio?

En 14 cameras, cuando una de las adolescentes se prepara para la ducha los espectadores suben de a cientos, o miles: la expectativa por el desnudo inminente no entiende de espejos empañados, ángulos ciegos o fallas de conexión. Escondido en el anonimato, el mirón tiene una ansiedad que corre por banda ancha. Y aunque hoy, más que nunca en la historia, todas las alternativas de una vida puedan transmitirse en vivo y en directo, la pulsión por espiar es vieja como el mundo: si hay gente que observa los pájaros, y gente que observa las estrellas, hay gente que observa a los demás…”.

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