El surgimiento y auge de las llamadas oficinas abiertas, puso de manifiesto la necesidad de analizar los espacios laborales. En su nota para La Nación, Sebastián Campanario hace este análisis y deja las principales conclusiones.

“La «huelga de inquilinos» de Buenos Aires comenzó en agosto de 1907, hace 111 años. Integrantes de más de 100 conventillos protestaban por los altos precios y las pésimas condiciones de vida en las casonas que los ricos habían subdividido en los barrios de San Telmo y Montserrat, luego de la epidemia de fiebre amarilla, y que por entonces estaban repletas de inmigrantes. «Fue un episodio relativamente poco conocido en la historia argentina, protagonizado mayoritariamente por mujeres», recordó dos semanas atrás Felipe Pigna en una columna de radio. La problemática incluía hacinamiento, malas condiciones de higiene -que facilitaban la propagación de enfermedades-, falta de privacidad, ruidos molestos, etcétera.

Nada muy distinto a lo que una docena de estudios académicos de management advierten como dificultades insalvables para una moda corporativa que sigue en ascenso: la de las «oficinas abiertas». Surgidas a fines de los 80 en las empresas de tecnología, la modalidad se fue extendiendo porque supuestamente promueve el trabajo en equipo, la creatividad, elimina silos y multiplica los encuentros «serendípicos» que en las oficinas con paredes y puertas son menos frecuentes. Además de ser una opción más barata, claro.

Pero la realidad que están mostrando nuevos trabajos académicos es muy distinta. Según un consenso emergente, las oficinas abiertas aumentan el contagio de enfermedades, el estrés y disminuyen la colaboración (que supuestamente deberían alentar), entre otros costos. La última investigación más difundida es la de Ethan Bernstein y Stephen Turban, profesores de la Escuela de Negocios de Harvard, quienes condujeron un trabajo de campo con más de 2000 empleados de dos multinacionales que se mudaron desde una planta tradicional (con oficinas cerradas) a una abierta. Lo interesante, además de la magnitud de la muestra, fue que se equipó a los participantes con sensores sociométricos que evaluaron hábitos y síntomas físicos, con mayor precisión que una encuesta expost.

Además del aumento del estrés y de los días perdidos por enfermedades, los académicos de Harvard notaron que disminuyeron drásticamente las interacciones entre empleados y subieron más de un 50% los correos electrónicos entre ellos. Una hipótesis fue que se reaccionó a la pérdida de privacidad con estos mecanismos: más mails, menos contacto personal, más auriculares para aislarse del entorno. Los cubículos que estuvieron de moda cortaban la luz natural, pero al menos permitían que cada empleado pudiera dar al espacio un toque personal (fotos familiares, de vacaciones, etcétera). Esto no sucede en las modalidades más «extremas» de plantas abiertas como los «hot desks», donde el espacio va cambiando cada día de acuerdo con el flujo de trabajo, el orden de llegada, etcétera…”.

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