El doctor en física Andrés Rieznik nos cuenta cómo logró unir dos de sus grandes pasiones: la magia y la ciencia. Para él, los magos profesionales y los mentalistas pueden hacer un gran aporte al florecimiento de la neurociencia. Por eso decidió impulsar un grupo de estudio que busca aprovechar la magia para comprender mejor nuestra mente y nuestro cerebro.

¿Cómo habrá sido esa primera reunión entre magos, mentalistas, físicos y biólogos? Lo primero en lo que se pusieron de acuerdo fue en que querían comprender cómo tomamos decisiones. La neurociencia podía cobijarlos a todos porque se ocupa de entender, justamente, cómo funcionan los mecanismos subyacentes a nuestra toma de decisiones.

La trampa que dura un microsegundo

Durante siglos los mentalistas utilizaron técnicas para sugestionar e influir inconscientemente a su público. Uno de sus artilugios, muy simple, se llama forzaje visual y consiste en que el mago le pide a una persona que elija una de entre muchas cartas que le va mostrando. Los naipes pasan tan rápido que casi no pueden verse pero uno se mueve un poco más lento. Lo maravillos es que las personas tenemos una tendencia muy grande a elegir esa carta que pudimos ver por unos instantes más que al resto del mazo. En la mayoría de los casos no notamos esa triquiñuela, o pequeña trampa, que incide sobre muestra elección.

Como diría René Lavand, “No se puede hacer más lento”, pero sí se puede medir. Este truco se hizo en el laboratorio repetidas veces y con mucha gente, para estudiar, con un instrumento muy sofisticado, cómo variaba el tamaño de las pupilas a medida que un mago pasaba las cartas. Lo realmente interesante es que estudiando esa variación los científicos pueden predecir las reacciones de las personas al participar de esta ilusión. Esto quiere decir que con ese conocimiento pueden jugar a ser mentalistas. Es como si tuvieran una ventana que les permite ver las partes del cerebro que toman decisiones. A través del ojo logran estudiar nuestros circuitos neuronales.

Muchos de los conocimientos de la neurociencia actual, que se desarrollan con experimentos e instrumentos sofisticados, se basan en conceptos que estaban presentes hace miles de años en los libros de mentalismo. Esta rama de la magia es la que se encarga hace siglos de estudiar la mente humana para hackearla y engañarla.

La magia es el arte del asombro

Para Rieznik “la magia moderna es el arte del engaño pero no para la estafa o la confusión, sino para el asombro y la reflexión sobre el universo que nos rodea. Y está tan ligada a la ciencia que en Francia, durante el siglo XIX, se la llamaba física recreativa”. René Lavand, el gran prócer de la magia argentina, decía que el asombro siempre tiene que estar antes, hablaba de la curiosidad, de la sorpresa y de la belleza del asombro que nos llama a cuestionar constantemente los prejuicios y los límites de lo posible y lo imposible.

¿Qué hay de nuevo en este romance entre magia y ciencia?

La novedad es la neuromagia, un conjunto de conocimientos que son fruto de la colaboración entre magos profesionales y científicos cognitivos. Con más tomógrafos y resonadores magnéticos que palomas y serruchos, se están haciendo descubrimientos que obligan a replantear algunos conceptos filosóficos fundamentales como el libre albedrío y la conciencia.

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