El país enfrenta, hace varios años ya, una serie de problemas estructurales que el gobierno actual debe afrontar y solucionar a la brevedad para llegar al ansiado despegue. Pero dentro de las problemáticas cotidianas, Eduardo Fidanza nos advierte con su columna en La Nación acerca de cómo nos distraemos con problemas subjetivos, como el ego, y dejamos fuera de análisis el verdadero contexto.

“Los especialistas en presupuesto y los macroeconomistas conocen bien la situación. Es muy difícil achicar el déficit fiscal, donde se originan las incoherencias que desalientan a los inversores. En primer lugar, el gasto público no puede reducirse sustancialmente, porque la mayor parte está compuesta por partidas intocables en un esquema gradualista: remuneraciones a los empleados públicos, jubilaciones y programas sociales. 

En segundo lugar, las fuentes genuinas para agrandar la manta son limitadas: la presión tributaria directa está en un límite insostenible y la indirecta -como el IVA y otras imposiciones al consumo-sufre las restricciones de la recesión. El crédito externo alivia, pero es un arma de doble filo si no se lo administra con mesura. Ante esta aridez, el blanqueo aparece como un oasis, que en lo inmediato contribuirá a reducir el déficit y aumentará en forma permanente la base impositiva. 

En tercer lugar, la manta corta está emparentada con el llamado «costo argentino», que un reciente editorial de este diario caracterizó como un secreto de familia, sugiriendo con esa metáfora que es un problema inconfesable que atañe a todos los involucrados, empezando por los líderes empresarios y sindicales, y los funcionarios públicos. Se trata de una maraña de intereses creados que condiciona la viabilidad económica del país, resintiendo dos atributos necesarios para prevalecer en un mundo competitivo: la productividad y la eficiencia. El peaje que las elites argentinas se cobran unas a otras es fuente de ganancias espurias y una de las razones principales de la injusticia social y el subdesarrollo.

Cuando se indaga en la manta corta se desvanece la versión sentimental del país, para dar lugar a sus problemas históricos y estructurales. Y se confirma una hipótesis nada novedosa: la falta de reglas de convivencia entre los factores de poder atenta contra el desarrollo económico del país. La recíproca denegación de legitimidad que Halperín Donghi atribuía a las fuerzas políticas debería extenderse al resto de las elites, abocadas a un juego de suma cero notoriamente destructivo. No alcanza con la democracia, se requieren consensos y pactos. Eso lo saben todos los que husmean en problemas estructurales. Más aún cuando ningún partido tiene mayoría.

Es casi seguro que estas preocupaciones no contarán en el año electoral que se inicia. Cada fuerza querrá demostrar que tiene razón, desacreditando el argumento de los rivales. Eso alejará por un tiempo la posibilidad de un acuerdo para afrontar los problemas de fondo. Cuando pase la competencia, que no resolverá el balance de poder, tal vez pueda plantearse de nuevo la apremiante cuestión. Aunque no quede claro cuáles serán entonces los incentivos para que las elites argentinas se sienten a conversar…”.

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