El emprendedor Andy Freire nos invita a pensar sobre el tremendo impacto que podemos generar en la vida de los demás con tan solo un cinco por ciento de nuestro tiempo.

Andy Freire estudió economía, se graduó con honores y se enfocó en ganar plata porque entendía que ese era el secreto de la felicidad, la clave que le permitiría estar tirado en una hamaca paraguaya tomando margaritas. Tenía un objetivo muy claro: armar una empresa, hacerla crecer rápido y venderla.

Logró su meta pero algo no salió como esperaba. En el momento en que vendió la compañía se dio cuenta de que “era igual de gilún que el día anterior pero con más plata”. Descubrió que la felicidad no dependía del dinero y que llenarse el corazón pasaba por otro lado. Tenía que haber algo más que simplemente ganar plata. Quería descubrirlo y empezó a investigar.

Mientras estudiaba papers sobre dinero y felicidad encontró un experimento realizado en Vancouver en el que el investigador Mike Norton dividía un grupo de personas en dos; a una mitad le daba 50 dólares para que los gastaran en sí mismos y a la otra mitad para que los usaran en otros. Luego midió la tasa de cambio en la felicidad y descubrió que los que usaban el dinero para sí mismos no registraban grandes variaciones en su nivel de felicidad. En cambio, los que invertían ese dinero en otros eran notablemente más felices.

Para probar los resultados en distintos escenarios, se hizo el mismo experimento en Uganda con el equivalente a cuatro dólares. El resultado fue igual de contundente. Básicamente, dar a los demás genera más felicidad que darse a uno mismo. Incluso hay estudios que prueban que aumenta la esperanza de vida y tiene impacto cardiovascular positivo y estadísticamente comprobable.

Ante esos resultados, Freire se empezó a preguntar porqué si las ventajas del altruismo son tantas, no actuamos todos de forma solidaria todo el tiempo. Por eso nos propone una premisa más realizable pero muy poderosa: “Con el 5% de nuestro tiempo podemos cambiarle el 100% de la vida a otra persona”.

¿Cómo? Veamos un ejemplo: si el 5% de la población argentina con capacidad de enseñar (aproximadamente 1,5 millones de personas) dedicara 30 minutos por día a enseñar a leer a los 650 mil analfabetos que hay en el país, en uno o dos años se acabaría el analfabetismo en el país.

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